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La Rueda del Destino

(Leyenda antigua China)

Frente a la penitenciaría se formaban mujeres y jóvenes con cacerolas de guisados, platos de frutas, cestos de panes. Cuando las puertas se abrían, los familiares de los reclusos entraban a la cárcel a llevar comida a sus presos. Así comían los internos que tenían familia, los que no, morían de hambre. Era la costumbre en la antigua China.

Por tres días consecutivos, desde que pisó la cárcel, Wang Fu miró al clan de la comida entrar y salir sin que nadie le compartiera una hogaza de pan viejo. Había estado bebiendo agua contaminada. Estaba a punto de morir.

Entendía que su esposa lo abandonara como él hizo con ella, pero hervía de rabia recordando que hacía semanas su casa se llenaba de “amigos”. ¿Dónde estaban ahora los cientos de personas que se regocijaron a sus costillas? ¿Dónde sus concubinas favoritas?

Eran tiempos duros para todos. La guerra tenía en jaque a la dinastía Song, que mudaba su capital al sur debido a la invasión de los mongoles. Escaseaba la comida y también la buena voluntad. Y pesaba sobre Wang Fu la mala fama creada por su desgracia.

La dinastía Song había solidificado sus redes de influencia promoviendo la corrupción para los elegidos y Wang Fu había sido uno de ellos. Por años fue ministro de una cartera o asesor de aquel proyecto o tuvo algún puesto importante en los despachos imperiales.

La voracidad de Wang Fu era infinita y su ostentación llegó a ser motivo de sin fin de comentarios.

Era dueño de un palacio edificado en piedra blanca y madera sagrada. Con salones llenos de piezas de oro y jade. Las cortinas, los tapices, las mismas alfombras estaban hechas de seda.

Vivía Wang Fu con decenas de concubinas y una esposa decorativa que le dio poder pero no descendencia. Le servía un ejército de criados y cocineros. Con todo el mayor de los lujos era el agua corriente que recorría el palacio, dando exuberancia a los jardines más famosos de toda China.

El agua corriente entraba al palacio en una cascada y descendía en estanques y pozas, brincaba en fuentes y daba vida a miles de plantas que atraían aves de todo el valle.

Alrededor de ese río que cruzaba su palacio, Wang Fu organizó las orgías más célebres de la dinastía Song. El ponía las mujeres y la casa se llenaba de políticos. Para mostrar su opulencia, Wang y sus invitados aventaban arroz al río.

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Río abajo, un monje veía que el arroz no cesaba de bajar y decidió poner un colador para capturarlo. Lo ponía a secar y lo regalaba o lo almacenaba. Así por años, hasta que un día el arroz dejó de cesar. Fue cuando el emperador fue relevado por su hijo, quien quiso dar ejemplo contra los corruptos y los mandó a arrestar.

Wang Fu era el primero de la lista. La riqueza le fue confiscada y su palacio pasó a manos del nuevo emperador. La esposa pasó a ser concubina de otro hombre poderoso y las concubinas fueron repartidas de igual modo.

Al cuarto día de encierro, cuando sus ojos ya no podían casi abrirse, Wan Fu recibió la visita de un monje que le sirvió un plato de arroz. Le dijo que regresaría al día siguiente, que tenía mucho, que era cosa de la rueda del destino.

Cuando había tenido mucho, Wang Fu no supo conservarlo. Lo había desperdiciado. Y ese arroz era el mismo que Wang Fu había aventado al río de su palacio y que el monje almacenaba. Había servido para ayudar a otros y ahora lo ayudaría a él. Cosa de la rueda del destino.

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