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¿De qué están formadas las heces y por qué suelen tener mal olor?

Cubo de basura, así es como se le denomina al intestino grueso de nuestro cuerpo. Se le dio este sobrenombre porque, en efecto, a él van a dar los residuos que ya no tienen utilidad alguna en el cuerpo.

¿Cómo funciona?

La función de esta parte del tracto digestivo es extraer los líquidos de estos desechos para solidificarlos. El quimo intestinal es acuoso cuando entra al colon, pero a medida que pasa por el intestino grueso, las paredes de este tubo van absorbiendo poco a poco los líquidos e incorporándolas al torrente sanguíneo. Lo que queda es un material semisólido que llamamos heces fecales (excrementos).

El moco que segrega el intestino grueso aglomera los materiales de desecho, lubrica y protege las paredes del colon y facilita el paso de las heces. La cantidad y la composición de los excrementos depende de lo que se haya comido, por ejemplo: la ingestión de gran cantidad de fibras aumenta el volumen de las heces, mientras que el consumo de alimentos altamente refinados lo reduce. En promedio, se ingieren entre 7.5 y 9.5 litros de alimentos al día, pero entran al intestino grueso apenas unos 350 mililitros de desechos formados por los residuos de los alimentos y de los jugos digestivos y agua. Las heces, tal como se eliminan, contienen alrededor de tres cuartas partes de agua; el resto lo componen generalmente proteínas, materia inorgánica, grasas, alimentos no digeridos, bagazo, sedimentos de los jugos digestivos, células que se han descamado de las paredes del intestino y bacterias muertas.

¿A qué se debe el mal olor de las heces?

La flora intestinal nos es útil porque sintetiza vitamina K y varias de las vitaminas B, pero también se nutre de los residuos proteínicos, que transforma en sustancias químicas cuyo olor fétido emana de las heces y de los gases que expulsamos. La naturaleza de ese olor depende de los alimentos que se consumen y de los microorganismos que predominan en el intestino.

Enfermedades del Intestino y Enemas

Desde la antigüedad el hombre se ha limpiado el intestino con enemas y catárticos. En el año 2500 a. C., ya existían en Egipto “especialistas en intestinos” y para el 500 a. C., era allí cosa común ponerse lavativas de distintos líquidos, entre ellos bilis de buey, tres días consecutivos al mes para evitar enfermedades relacionadas con los alimentos.

Hacia el año 196 de nuestra era, Chang Chung Chin, el Hipócrates chino, dejó asentada su preferencia por los enemas, quizá porque resultaban más rápidos, eficaces y sencillos que los purgantes. Los griegos también se inclinaron por los enemas pero usaban agua o una solución salina que médicamente son más aconsejables. En la Edad Media se volvieron a usar complicados menjurjes y a finales del siglo XVII era cosa corriente envenenar a los enemigos con enemas...

Hoy son inevitables antes de una intervención quirúrgica para impedir que se contamine la mesa de operaciones ya que el esfínter anal se relaja con la anestesia.

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