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La Pequeña Vendedora de Fósforos.

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Êrase que se era, en un pueblito muy, pero muy lejos de aquí vivía una niñita llamada Lucy, que se dedicaba a vender cajitas de fósforos para ayudar a su familia que era muy pobre. Era el mes de dicie

Êrase que se era, en un pueblito muy, pero muy lejos de aquí vivía una niñita llamada Lucy, que se dedicaba a vender cajitas de fósforos para ayudar a su familia que era muy pobre. Era el mes de diciembre. Todos en el pueblo se preparaban con gran alegría para recibir la Navidad; que los regalos, la comida, los invitados etc. Pero para Lucy era como cualquier otro mes; debía salir a las frías calles para vender sus fósforos. Por fin llegó Nochebuena, y allí, parada en la banqueta, estaba Lucy, con los pies descalzos, que estaban rojos y azules del frío. Una vieja bufanda y un delgado pañuelo en la cabeza, era todo lo que cubría a la niña de aquel clima inclemente. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, Lucy no había ganado ni un centavo. Además, tenía mucha hambre y mucho frío… ¡Pobrecita!

Después de varias horas de no poder vender ni una sola cajita de fósforos, la niña se sintió cansada. Decidió sentarse un rato en un callejón que estaba justo frente a una plazoleta, acurrucándose en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus manos y piernas; pero no se atrevía a regresar a casa; volvería con todos los fósforos y sin una sola moneda. Además, en su casa hacía también mucho frío. Sus manitas estaban yertas de frío. ¡Ahh! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! Entonces, sacó una y ¡riiiich! la froto contra la pared. ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! ¡Qué luz tan hermosa despedía! Al contemplar aquella llamita, Lucy se imaginó que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan acogedor! ¡Calentaba tan bien!  Pero de repente la llama del cerillo se apago, y ya no le dio tiempo a la niña, de calentar sus descalzos piecesitos. Sin pensarlo dos veces, Lucy sacó otro fósforo de su cajita, y al igual que lo hizo con el primero, lo frotó contra la pared… ¡riiich! se escuchó e inmediatamente, una cálida llama brotó e iluminó el área.

Y tal y como la primera vez, la pequeña niñita de cabello castaño dejó volar su imaginación y se vio entonces en una habitación en donde había una enorme mesa resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Y cuando estaba a punto de agarrarlo, ¡zass! la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría que estaba frente a ella.

Decidió encender un tercer fósforo ¡riiich! -se volvió a escuchar-. Y de nuevo, Lucy se imagino sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más grande y hermoso que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil lucecitas de todos colores decoraban los arbolillos de aquel pesebre; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó las dos manos, olvidándose por completo del fósforo que sostenía. Fue el fuerte viento de la noche que se encargo de apagarlo. Entonces, todas las luces del nacimiento que la niña se imaginaba se elevaron, y comprendió que no eran más que estrellas que iluminaban el inmenso cielo.

Pero Lucy no quería parar allí. Decidió frotar un cuarto fósforo ¡riiich! se escucho otra vez. Esta vez ella vio una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante….

 -¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás  como el ave asada y como el hermoso nacimiento! Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Y así, impregnada en una linda ilusión, Lucy fue cerrando sus ojitos, sin sentir más hambre, ni mas frío.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y una gran sonrisa en los labios. El sol iluminó a aquel tierno ser que yacía sentado con varias cajas de cerillas vacías y a un lado, restos de los fosforos y unas cuantas cenizas.

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- comento alguien, al darse cuenta que aquella niña, ¡había muerto de frío en la Nochebuena! Y aunque todo mundo la veía y la compadecía, nadie pudo saber las hermosas cosas que Lucy había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado al cielo donde estaba su abuela… Y Colorín Colorado… Este cuento se ha acabado!

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