Noriega y EE.UU., de las quedas confidencias al mayor de los estruendos

Washington, 31 may (EFEUSA).- Primero como agente de contrainteligencia de la CIA, después como dictador aliado en Panamá y más tarde como caudillo rebelde derrocado por las armas, la vida del recién fallecido Manuel Antonio Noriega no se entiende sin su inevitable y tortuoso vínculo con Estados Unidos.

 
Su muerte, ocurrida en la noche de este lunes a los 83 años, se produjo en un hospital de Panamá, pero bien podría haber ocurrido en suelo estadounidense, en cuyas prisiones pagó veinte años de su vida a la Justicia antes de proseguir su periplo carcelario en Francia y acabarlo en su país de origen.

 
Pero antes de acabar con sus huesos en prisión, la historia de uno de los últimos dictadores de América Latina relata una estrecha y hasta dulce relación con Washington, con quien durante los años de la Guerra Fría empezó a colaborar como espía hasta hacerse, de su mano, con las riendas del país.

 
Su habilidad y el enclave geoestratégico que desempeñó Panamá como centro de operaciones de EEUU para el resto del continente en plenas tensiones con la Unión Soviética, llevaron a un joven Noriega a ser una pieza valiosa para la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

 
Según varios de sus biógrafos, la CIA lo captó recién ingresado en la Guardia Nacional panameña, donde participó en el golpe de estado que aupó al general Omar Torrijos al poder (1969-1981), y en cuyo seno también desarrolló con destreza contactos de todo tipo sin importar ideologías.

 
Antes de convertirse él mismo en el “hombre fuerte” de Panamá en 1983 “mantuvo una relación de más tres décadas” con la inteligencia de EEUU y fue clave en el manejo de la información sobre las guerras civiles que sacudían a Centroamérica, según cuenta el veterano periodista John Dinges en su libro “Nuestro hombre en Panamá: El astuto ascenso y la caída brutal de Manuel Noriega” (1990).

 
“Por ejemplo, la vigilancia de los líderes políticos de los diversos países de Centroamérica. Noriega estaba al cargo de todo eso”, explica Dinges, quien fuera corresponsal en Centroamérica para el diario The Washington Post y uno de los reporteros especializados en América Latina más reconocidos de EEUU.

 
Sandinistas nicaragüenses o sus enemigos de “la contra”; revolucionarios cubanos o su eterna némesis imperialista en la Casa Blanca, ninguno se resistía a su red de contactos, incluidos varios cárteles de la droga, entre ellos el capo colombiano Pablo Escobar.

 
Noriega “poseía -en palabras de Dinges- la extraña habilidad de absorber información, clasificar las opciones disponibles para un adversario, ponerse en los zapatos de la otra persona y anticiparse astutamente a los posibles cursos de la acción”, algo muy apreciado por la CIA y clave en su meteórico ascenso.

 
Tras la muerte de Torrijos en un accidente de avión en 1981 -que el exdictador atribuyó después a EEUU, aunque otros lo acusaron a él de provocarlo-, Noriega emergió como comandante de las Fuerzas de Defensa en 1983, y al hacerlo, asumió el poder en la sombra.

 
Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que los aliados se volvieran uno contra el otro.

 
Confiado por su relación con Washington, empezó con sus manejos por su cuenta, políticos pero especialmente con los cárteles de la droga colombianos, así como sus abusos de derechos humanos, lo que llevó al Congreso de EEUU a poner fin a cualquier flujo de ayuda económica o asistencia militar a Panamá en 1987.

 
Pero la decisión definitiva por parte de la Casa Blanca del reciente estrenado presidente George W. H. Bush no llegó hasta que, tras meses de represión a la oposición en las calles, Noriega interfirió abiertamente en las elecciones presidenciales panameñas de 1989, anulándolas y colocando a su candidato a dedo.
El 20 de diciembre de ese año, citando motivos de seguridad nacional, Bush lanzó la Operación Causa Justa, una fuerza de invasión de más de 20.000 soldados destinada a capturarlo.
El dictador no luchó, se refugió en la Nunciatura Apostólica y acabó por entregarse tras sufrir un asedio ininterrumpido de diez días a base de enormes altavoces y música rock a todo volumen.
Así, paradójicamente, lo que empezó en quedas confidencias acabó entre el mayor de los estruendos.

Pepe de la Torre

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