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El Ciervo Vanidoso

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Vivía, en aquella gran montaña, un ciervo muy vanidoso, estaba orgulloso de su cornamenta, la cual era digna de admirarse,

Vivía, en aquella gran montaña, un ciervo
muy vanidoso; estaba orgulloso de su cornamenta,
la cual era digna de admirarse, pero
ignoraba la gracia y esbeltez de sus propias
patas. Siempre que se miraba al espejo, fijaba
sus ojos sólo en su cornamenta.

– Nuestras patas pueden sernos tan útiles
como los cuernos, amigo -le decía, de vez en
cuando, un vecino suyo.
– ¡Bah! Todos tenemos las patas iguales, en
cambio, la cornamenta coloca a cada uno en
su lugar, y la mía es superior a las suyas. Sin
duda, soy el ciervo más hermoso de la montaña
-respondía nuestro personaje, lleno de soberbia.

Un día, el ciervo vanidoso se vio perseguido
por tenaces cazadores, quienes utilizaban
perros de presa muy rápidos y fieros. Gracias
a la agilidad de sus patas, nuestro ciervo logró
alejarse rápidamente de sus enemigos.
Sin embargo cuando se adentro al bosque no
tardó en enredar su gran cornamenta con los
matorrales que estaban a lo largo del camino.

Pese a sus esfuerzos por liberarse, quedó
completamente inmovilizado. No tardó en
comprender que sería apresado sin remedio
por aquellos cazadores.

Entonces recordó lo que con tanta frecuencia
le decía su vecino y admitió que éste tenía
toda la razón. Aquella cornamenta de
la que tan orgulloso se sentía, había sido su
perdición… ¡Ah, si se hubiera fiado más de
sus patas!

Moraleja:

¡Si problemas te quieres evitar,
Labios consejos debes escuchar!

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