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El Palacio Municipal de Chetumal

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 (Una Leyenda urbana de Quintana Roo)
Cuando le dieron la noticia de que estaba contratada, Rosario sintió un gran alivio y por partida doble. El primero fue por tener trabajo, eso le daba tranquilidad para ayudar a su familia. Sus padres eran mayores y bastante pobres. El segundo alivio fue por pensar en la oficina. Se preguntaba si le darían un escritorio.
Corría la década de los años 70’s del siglo XX y para ese entonces eran muy pocos los lugares que tenían aire acondicionado, y ella era una persona muy calurosa, por eso, parte de ese segundo alivio fue pensar en un lugar cerrado, con aire fresco que relaja la piel en vez de hacerla sudar.
Sus primeras semanas de trabajo se puede decir que fueron a pedir de boca. Rosario era eficiente como secretaria y muy agradable como compañera de trabajo.
Y es que ella se esforzaba no solo por ser eficiente, sino también por caer bien. Con todos tuvo buena vibra -bueno casi con todos-, menos con don Juvencio. Un empleado multiusos y muy servicial, que lo mismo la hacía de guardia que de mozo e incluso de mandadero. Era un hombre de unos sesenta años, era amable pero muy reservado y poco dado a entablar alguna amistad, era lo que pudiéramos decir ‘casi invisible’.
Pero a Rosario no le gustaba que no la mirara a los ojos.
Fue luego del segundo mes cuando escuchó los primeros ruidos raros. La oficina de su jefe estaba en el primer piso, donde estaban los contadores. Era ya tarde, casi de noche, quedaban pocos allí cuando se escuchó un ruido muy fuerte que hizo retumbar los cristales. Eran como cadenas tallando con piedra.
A Rosario se le enchinó la piel. Corrió a abrazarse de la otra secretaria que aún estaba ahí, para darse valor. Juntas salieron al pasillo a buscar la razón de las cadenas. Estaba oscuro y sólo vieron una sombra. Una voz grave las asustó.
prison-chain-jail
-¿Están bien? -preguntó don Juvencio.
La otra secretaria contestó que sí.
Pero Rosario la tomó contra Don Juvencio. Estaba segura que él había hecho el ruido. Por eso, cuando unas semanas más tarde se fue la luz y se escucharon otra vez las cadenas, Rosario estaba dispuesta a denunciar al mozo.
Pero se escucharon unos escalofriantes gritos, era como si a alguien le estuvieran arrancando la piel.
La tercera vez fue unos días después. Aquella tarde Rosario se quedó a adelantar el trabajo, pues esperaba que el día siguiente fuera pesado y de mucho trabajo.
Fue primero un golpe seco, luego las cadenas y los gritos, ésta vez a sus espaldas, como en la nuca. Al voltear, Rosario distinguió a un hombre ensangrentado, atado a la pared con grilletes.
Apenas pudo gritar… Un brazo fuerte la tomó de la cintura y la sacó de la oficina. Era don Juvencio, que le explicaba mientras la obligaba a correr.
– Son los muertos. Este edificio antes fue una cárcel. Es mejor irse.
Y eso hizo Rosario, pero para siempre, porque no volvió a trabajar en el palacio municipal.
Cuenta la gente de Chetumal, que los espíritus se fueron cuando murió don Juvencio…. Que él se los llevó!

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