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Fue rescatado, a 30 segundos de ser sepultado vivo!

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Aún no era medio día, pero el calor ya era muy intenso. El Sol prácticamente quemaba, sin embargo para los habitantes de Ruanda, en Africa, aquello no era tan agobiante, estaban acostumbrados a ello

Aún no era medio día, pero el calor ya era muy intenso. El Sol prácticamente quemaba, sin embargo para los habitantes de Ruanda, en Africa, aquello no era tan agobiante, estaban acostumbrados a ello y sólo era un día más de Septiembre de 1987, por eso el pequeño Angello se hallaba trabajando en el campo, junto a sus padres y a otros miembros de su comuna, cuando llegaron los rebeldes guerrilleros (del FPR), que luchaban contra el gobierno y quienes al no recibir el dinero y la comida que exigían, comenzaron a disparar contra los campesinos que se encontraban laborando allí. Murieron todos, menos Angello, de quienes los rebeldes se apiadaron y no lo mataron. Le dijeron que huyera y el chiquillo se fue lejos, sin rumbo, sin comida, sin esperanza.

Estaba solo, enfermo y hambriento. Caminó, caminó y caminó. Por todas partes había muertos. Luego de días de estar vagando, estaba muy débil; las fuerzas le fallaron y cayó sobre unas piedras “extrañamente blandas”. Sin aliento, se arrastró por entre aquellos objetos, que no eran otra cosa que un montones de muertos, era un macabro “cementerio” al aire libre. Angello, flagelado por el hambre y la debilidad, quedó inconsciente. Uno, o tal vez dos días después, varios soldados franceses estaban en ese lugar para proteger las regiones de los ataques de las tribus rebeldes y para prestar ayuda a la gente afectada, habían logrado salvarle la vida a mucha gente herida en los atentados y auxiliaron a infinidad de niños de una muerte segura, los cuales eran llevados a orfelinatos de campaña. Dichos soldados cavaron una gran fosa común para enterrar los cientos de cadáveres que había en ese improvisto cementerio. Con máquinas excavadoras sacaron toneladas de tierra y rocas.

Macabra Labor

Entre ellos se encontraba Arthur Da Silva, un soldado de origen portugués quien junto con sus compañeros comenzó a arrojar cadáveres al agujero. Arthur cuenta que su temor más grande era saber que quizá habría enterrado a más de una persona viva, sin darse cuenta. Cuando llenaron la fosa, los camiones se acercaron para arrojar toneladas de cal viva y tierra sobre los cuerpos para sepultarlos. Todo aquello despedía un olor nauseabuendo, pues decenas de cadáveres estaban en plena descomposición. De pronto, y de entre toda esa mole de carroña humana, se asomó una manita infantil que se movía débilmente. Esto fue advertido por Arthur, quien a treinta segundos de que toneladas de cal y arena sepultaran los cuerpos, gritó: “¡Hey!, ¡Paren…! ¡PAREN!”

De un ágil salto llegó al interior de la fosa y no importándole el hedor y los ríos de gusanos que bañaban los cuerpos, se abrió paso y sacó un pequeño cuerpecito que casi exánime, débilmente se quejaba…. Arthur le había salvado la vida a Angello!!! De inmediato lo llevó al hospital de campaña, donde lucharon por salvarle la vida. Todos pensaron que el chiquillo no sobreviviría, pues tenía los ojos muy abiertos y fijos, como esperando la muerte. En eso, Angello después de un par de parpadeos le dirigió una profunda, brillante y melancólica mirada a Arthur, en la cual le decía que estaba muy agradecido de que le hubiera salvado la existencia, pero que todo parecía indicar que la muerte se lo iba a llevar. El legionario, al observar esa mirada, sintió que algo se cimbraba fuertemente en su interior. Las lágrimas de hombre duro y aguerrido fluyeron y se llenó de compasión. Ahí fue donde decidió cuidarlo, alimentarlo y darle protección. Decidió adoptarlo como si fuera su hijo y quería darle amor sobre todas las cosas. En realidad el chiquillo tenía otro nombre -él mismo no recuerda ya cómo se llamaba-. El nombre de Angello se lo puso Arthur, su nuevo padre.

Afortunadamente el pequeño se recuperó, pero a pesar del tratamiento, todavía muestra las profundas huellas de aquella parte de su vida en la que estuvo a punto de morir. Muchos de los miles de muertos no cayeron víctimas de las fuerzas rebeldes y de la gran hambruna, sino por epidemias tales como el cólera, la disentería y la peste. Arthur y su grupo fueron a Ruanda para reparar una pista de aterrizaje y terminaron de enterradores y socorristas. Hoy, Angello ha recobrado la alegría de vivir y siente otra vez lo que es el cariño. Y Créalo o No… Así Fue!!! como ahora la vida le sonríe a un chiquillo que estuvo a 30 segundos de ser sepultado vivo!!

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