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El año en que no hubo verano.

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El invierno de finales de 1815 y principios del 16 fue uno más en la región noreste de los Estados Unidos, y la primavera le siguió tan turbulenta como siempre. A finales de marzo, tras varios días

El invierno de finales de 1815 y principios del 16 fue uno más en la región noreste de los Estados Unidos, y la primavera le siguió tan turbulenta como siempre. A finales de marzo, tras varios días de lluvia y niebla, el hielo de estanques y arroyos empezó a derretirse. Parecía que el frío soltaba su presa y se adivinaban las promesas de la estación florida. El mes de abril tuvo días espléndidos y los pájaros llegaban en bandadas desde sus cuarteles de invierno en busca de lugares donde anidar. Reventaban las yemas, y los árboles y los matorrales se cubrían de hojas, mientras las flores salpicaban de color los bosques umbríos y las praderas ya verdeantes. Pero la gente observaba que aunque la primavera hubiese hecho su aparición como todos los años, su avance era lento, muy lento. Algunos se quejaban del frío excesivo para la época, pero nadie se inquietaba por ello, ya que no es raro un abril fresco en esa parte de América del Norte. Al llegar mayo y no subir la temperatura el tiempo se convirtió en el gran tema de conversación. Era ya la época de apagar estufas y chimeneas; de probar las primeras hortalizas. Pero el invierno no cedía.

El campo amanecía blanco un día tras otro y había que romper el hielo en los baldes de agua. No obstante, casi todos se mostraban pacientes y confiaban en que el tiempo mejoraría. Los viejos recordaban que muchos años había nevado en el mes de mayo, sin que por ello hubiera dejado el verano de presentarse con notable puntualidad. Nadie tenía motivos para sospechar que el verano de 1816 pudiera ser diferente. Pero en junio resultó ya evidente que aquel año iba a ser muy distinto a cuantos recordaban. El mes empezó un viento impetuoso y frío, procedente de la bahía de Hudson y densas lluvias, azotaban la región día y noche, mientras la temperatura descendía implacablemente. El día 6 los termómetros se acercaban a los 25º F, y seguían bajando cuando empezó a nevar. En Vermont, ese día nevó desde casi el amanecer hasta media tarde. Al cesar la tormenta, había más de 1 pie de nieve. Así fue, como un granjero anotó en su diario: “el tiempo más tétrico y singular jamás visto”. Pasaron las semanas y el extraño tiempo invernal no daba señales de amainar. Por el contrario, empeoró. El termómetro no llegó a alcanzar los 10º F, y la mayor parte de los días rondaba peligrosamente el cero. Las cosechas en que los granjeros habían puesto ya su ilusión fueron arrasadas por la extemporánea escarcha, y la tierra toda parecía agostada por un fuego abrasador.

Como escribía un párroco de New Hampshire, “las heladas han casi terminado con el maíz… y las perspectivas para el forraje son muy alarmantes”. Si en aquel momento el tiempo hubiera vuelto a la normalidad, la gente, ya dominada por el pánico, se hubiese calmado. Pero las cosas no mejoraban. Durante la mayor parte de julio y agosto amaneció con temperaturas entre 20º y 30º F, y a últimos de agosto eran ya inferiores. En los pocos días templados que siguieron, la gente ilusionada, plantó de nuevo sus huertos, y los agricultores sembraron maíz y otros cultivos, esperando lograr una cosecha antes del invierno. Pero una y otra vez los huertos y campos fueron devastados por el hielo y la nieve; y la escarcha, que apareció apenas pasada la primera quincena de septiembre, marcó el comienzo del nuevo invierno, más madrugador que de costumbre. La gente se enfrentaba con temor a los meses invernales, ya que la tierra había dado apenas fruto. Por fortuna, algunos tenían provisiones de las generosas cosechas del año anterior y podrían arreglárselas; pero se preguntaban qué había ocurrido con el verano y, sobre todo, cómo podrían sobrevivir si estaciones así llegaban a ser normales.

Ese invierno, el de 1816-17, fue especialmente crudo; pero la primavera llegó puntual y el verano siguiente fue como los que todos conocían y como han sido desde entonces. Terminaba así un largo año de ansiedad, pero al fín parecía roto aquel extraño maleficio.

¿Cuál fue el misterio del año sin verano?.

Aunque hubo muchas teorías, algunos de los mas connotados científicos de la época estimaron que una gran capa de polvo pudo haber impedido la llegada del calor procedente del Sol. Según esta tesis, a causa de la atmósfera la región recibió muy poca radiación solar durante aquella extraña época. Pero realmente que pasó aquel singular año en que no hubo verano?… Eso sigue siendo uno de los Enigmas y Misterios de nuestro Mundo!!

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