El alegre fraude de los productos cosméticos

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Boris Leonardo Caro

Si alguien te promete el elixir de la eterna juventud por un precio que parece razonable, ¿lo comprarías? ¿No? Claro, solo si padecemos una credulidad infinita sabemos que tales pócimas no existen. Y sin embargo, millones de personas totalmente racionales caen en esa trampa, cada día. ¿Cómo? En el departamento de cosméticos, cuando compran una de esas increíbles cremas contra el envejecimiento…

 

Pero, ¿quién no desea llegar a los 40 con la piel tersa de una superestrella de cine? Es posible, si creemos a la industria de los productos de belleza y su maquinaria de publicidad. Además, en no pocos anuncios explican las cualidades de este o aquel componente, cuya eficacia ha sido comprobada por dermatólogos. ¡La ciencia al servicio de la cosmetología!

Pues hay una mala noticia y una buena. Primera, los potingues milagrosos solo actúan en el reino del embuste. La lozanía de las celebridades demuestra un excelente trabajo de fotografía y edición de imágenes, no la efectividad de la sustancia equis. La magia no emerge como conejo del bote de crema, sino del ordenador de un profesional de la publicidad. Y segunda, la buena nueva, los mejores cosméticos del mundo no cuestan una fortuna, sino unos pocos dólares y se compran en el supermercado.

Víctimas de la vanidad

No es un juego de aficionados. Solo en Estados Unidos la industria de la belleza gastó cerca de 3.600 millones de dólares en publicidad en 2013, un año en el que las compañías recibieron ingresos por más de 56.000 millones de dólares. Esta última cifra representa alrededor de la sexta parte del valor mundial del sector.

Las empresas de cosméticos conocen a su clientela tanto como la almohada, el confesor y el psicoanalista. En las vastas regiones del planeta donde se ha desplegado el modo de vida occidental, las personas se preocupan cada día más por su apariencia, por lucir jóvenes, eternamente. ¿Vanidad? Sin dudas, aunque también existen personas obligadas a usar determinado cosmético por razones de salud.

Por otra parte, el mercado de trabajo prefiere a los profesionales de apariencia joven y saludable. Resulta fácil explotar esa ansiedad por exhibir el mejor semblante.

Por otra parte, el marketing de cosméticos contrata casi siempre a las celebridades de turno: Keira Knightley (Chanel), Kendall Jenner (Estée Lauder), Jennifer Lawrence (Dior), Katy Perry (Covergirl), Jennifer Aniston (Aveeno)… Todas con sus millones de seguidoras en el mundo, empeñadas en transformar la apariencia que la naturaleza les dio en una imagen de portada de revista, retocada por un programa informático.

Y esta es una de las claves del precio exorbitante de las marcas reconocidas. Actrices y modelos no posan como voluntarias, sino por jugosos contratos de acuerdo con su fama. Las campañas de mercadeo consumen millones de dólares, que luego se traducen en precios Premium. Cuando pagamos un cosmético de una marca reputada, no solo cubrimos el costo de los componentes químicos, sino también el gasto en generar una ilusión.

Un experimento realizado por la Organización de consumidores y usuarios de España demostró recientemente que la mejor crema antiarrugas disponible apenas costaba tres euros. Ese grupo analizó el efecto sobre 995 mujeres de 14 cosméticos similares, de distintas marcas, durante un mes.  

La pseudociencia de la belleza instantánea

La química, la bioquímica y todas sus primas esdrújulas no gozan de demasiada popularidad entre el común de los mortales. Hagamos una prueba rápida: ¿qué es el propilparabeno? Si no utilizamos un motor de búsqueda en Internet difícilmente encontraremos la respuesta, salvo si estudiamos un profesión heredera de la alquimia.

¿Y qué decir de las fragancias, ftalatos, dietanolaminas y el dióxido de titanio? Todas sustancias sospechosas de provocar daños a la salud humana, aunque las investigaciones aún no hayan dado un veredicto.

Si hacemos un breve recorrido por los cosméticos almacenados en casa encontraremos frases como “piel atemporal”, “vigoriza la piel y los sentidos”, “sensación ligera”, que en rigor no significan nada, pues ninguna ofrece más detalles. Otras se refieren a determinado componente: proteínas de colágeno, sin aluminio, sin fragancia, aceite de argán de Marruecos o términos de ciencia ficción tipo Flat Iron Perfector… ¡oh, impresionante! Y si quedan dudas, “probado dermatológicamente”.

Nuestra ignorancia ofrece una enorme ventaja a la industria cosmética porque, para colmo, la comunidad científica tampoco dedica esfuerzos notables a estudiar los efectos reales de los cosméticos. La cuasi indiferencia de los verdaderos expertos deja el campo libre a la riada de artículos, presuntamente especializados, que publican las revistas “femeninas” y cualquier otro sitio dedicado al tema. No faltan los dermatólogos contratados para hacer el elogio de un producto o los testimonios de quienes lo probaron.

Y que nos engañen, en fin, no sería tan grave, acostumbrados como estamos a las mentiras de los políticos, las aseguradoras, los bancos… Pero las compañías del sector se valen con frecuencia de atajos para evadir las regulaciones y utilizar sustancias nocivas para la salud humana o, al menos, sospechosas de provocar daños. Así ocurre en Estados Unidos, donde los productos cosméticos habituales –jabones, limpiadores, champús, cremas, desodorantes y perfumes—circulan al margen del escrutinio de la Agencia de Alimentos y Medicamentos (FDA).

Esa desregulación podría cambiar pronto si el Congreso aprueba la Personal Care Product Safety Act, una ley propuesta por las senadoras Dianne Feinstein y Susan Collins. La enmienda obligaría a la FDA a examinar cada año cinco de los compuestos químicos usados en los productos de belleza. Uno de los primeros en la lista sería… ¡el propilparabeno!

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Ruby Limon

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