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ESTADOS UNIDOS YA NO PUEDE RESPIRAR!

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La nación estadounidense es acechada por diversos flagelos: la pandemia del coronavirus y su resultante crisis económica; la violencia policial en contra de afroamericanos y otras minorías; y un presidente prejuicioso, incapaz de tener empatía con nada y con nadie, que se crece fomentando la violencia y la división.

Es, en muchos sentidos, el peor presidente en medio de uno de los peores momentos en la historia moderna de este país, un momento en el que se necesitaría un verdadero mensaje de unidad no “patriotero”, sino de definitiva refundación de una sociedad a la que la nueva segregación racial está carcomiendo salvajemente por dentro, dejándole heridas tan profundas que la han debilitado ante los ojos de todo el mundo.

Pero Trump no solamente está muy lejos de sanar esas heridas, sino que con su retórica racial y divisionista aumenta la crisis interna como lo que ocurrió en días recientes en Minneapolis, Minnesota, y en otras de las principales ciudades de Estados Unidos, que con sus declaraciones ha venido a confirmar sus afinidades con la supremacía que representa.

En efecto, las protestas de costa a costa por el asesinato del afroamericano George Floyd vuelven a poner sobre el tapete el eterno problema de racismo, desigualdad e injusticias que a lo largo de la historia de esta nación han sufrido las minorías a manos de las clases dominantes y de las autoridades anglosajonas.

El caso Rodney King en 1992 en Los Ángeles, por ejemplo, se había convertido en el punto de quiebre de las tensiones raciales que habían permanecido latentes después de otros episodios similares, como en Watts en 1965, pero que eran reflejo de ese racismo sistémico que ha acompañado a este país desde su fundación, en el que las minorías de color han llevado siempre la peor parte.

Increíblemente, casi tres décadas después de la revuelta en Los Ángeles, vuelve a ocurrir en este siglo XXI en el que la ola del neofascismo avanza a pasos agigantados, haciendo prever que no será el último incidente de violencia.

Pero el caso también pone de manifiesto lo que ocurre cuando quien ocupa la Casa Blanca, Donald Trump, no solo incita, sino que le ofrece cobijo al prejuicio y al racismo. Digamos que las manzanas podridas que operan en departamentos de policía a través del país, así como los grupos e individuos que promueven la supremacía blanca, han encontrado en este presidente un defensor. Por eso andan tan envalentonados desde que él arribó al poder. Por eso están dispuestos a hacer lo que sea para mantenerlo en la Casa Blanca.

Previo a ser presidente y desde que lo es, Trump siempre ha estado de parte de supremacistas y racistas. En Charlottesville, Virginia, cuando se manifestaron en contra de judíos y minorías y cuando uno de ellos embistió a contra manifestantes matando a una joven activista, Trump se refirió a ellos como “gente buena”.

No cabe duda de que él es un síntoma de una enfermedad que ha aquejado al país través de su historia. Esta nación se forjó a punta de violencia, saqueos y sangre. Contra nativos estadounidenses, contra mexicanos e hispanos, contra los afroamericanos descendientes de esclavos que a pesar de los avances en materia de derechos civiles siguen siendo discriminados. Las injusticias no han cesado. El racismo institucional sigue vivito y coleando.

Desde que las manifestaciones estallaron en días pasados Trump solo ha incitado a la violencia. “Cuando el vandalismo comienza, los disparos comienzan”, tuiteó cuando empezaron los disturbios en Minneapolis. Luego trata de dar marcha atrás, pero a la menor provocación vuelve a la carga porque está en su naturaleza; no puede evitarlo.

Ahora ha utilizado la crisis para culpar a los demócratas. La nación necesita calma y dirección, dos cosas que este presidente es incapaz de ofrecer.

No hay que dar muchas vueltas para contextualizar este momento histórico: con un virus implacable que ha matado a más de 100 mil estadounidenses; con esta nueva revuelta racial que promete cimbrar de nuevo las tensas relaciones sociales; y con un mandatario que fomenta los odios para aprovecharlos políticamente ante la cercanía de las elecciones, esta nación se asfixia: como George Floyd, Estados Unidos ya no puede respirar.

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