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La Abejita Clarisa

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¡Hola amiguitos! Esta ocasión les contaré la bella historia de una abejita llamada Clarisa…. ¿Listos?… A leer!

¡Hola amiguitos! Esta ocasión les contaré la bella historia de una abejita llamada Clarisa…. ¿Listos?… A leer!
Clarisa era una abejita muy trabajadora pero también muy curiosa y distraída, se pasaba horas enteras juntando el polen de las flores
para luego llevarlo al panal donde vivía con toda su familia, lugar donde preparan la miel.

Cierta tarde, nuestra amiguita se disponía a salir de paseo, pero antes, su mamá le dijo: -Clarisa, recuerda que no debes alejarte mucho
de casa porque el Sol pronto se esconderá y la noche va a aparecer!

– Sí mami -dijo Clarisa- no te preocupes, antes de que el Sol se vaya a dormir yo estaré de regreso.
Entonces, la simpática abejita tomó vuelo y salió a revolotear por todas partes, iba de aquí para allá saludando a todos los animalitos
que se cruzaban en su camino.

La noche estaba cada vez más cerca y todos en el bosque se iban uno a uno metiendo a sus casas, menos Clarisa que, como ya les
había dicho eran tan curiosa como distraída. Andaba merodeando cuando de repente, escuchó un fuerte grito:
– Ohhhh! -dijo Clarisa- parece ser el grito de un niño que necesita ayuda. Tengo que encontrarlo!! Y volando a toda velocidad puso
alas a la obra…

Sólo que los gritos se escuchaban en medio de la oscura noche y Clarisa se repetía una y otra vez:
–Tengo que encontrarlo, tengo que encontrarlo!!
Revisó todos los árboles de arriba abajo, se metió en la cueva de los osos, en el túnel de las hormigas, en una ratonera…, pero no
lo lograba encontrar a nadie. Lo que nuestra amiguita no tomaba en cuenta es que, entre más revoloteaba de un lado a otro, más se
alejaba de su casa.

De repente…, comenzó a sentir los gritos del niño cada vez más cerca hasta que al fin lo encontró.
En efecto, se trataba de un pequeño que lloraba desconsoladamente.
Clarisa le preguntó: -¿Qué te pasa amiguito? ¿Por qué lloras de esa manera?
El pequeño le respondió: -Se atoró una de mis piernas en una trampa que puse junto con papá y no puedo salir. Tengo mucho miedo,
quiero irme a casa!.

– Calma, no te angusties pequeñín -le dijo- yo te voy a ayudar. Pero como soy muy pequeña necesitaré tu colaboración. Dime dónde
queda tu casa y yo iré a buscar a tu padres.

Sigue ese camino angosto -señaló el niño-, al final de él te encontrarás con una casa que tiene una gran chimenea. Allí vivo. Anda
amiguita, ve y dile a mis papás que corran a buscarme. Pero por favor, apúrate que ya no aguanto y mi pierna me está doliendo mucho.
Inmediatamente, la abejita estiró sus alas y emprendió el viaje hacia la casa del pequeño.

Al llegar, entró por una pequeña abertura de la ventana y comenzó a gritar con todas sus fuerzas, pero como era tan pequeña nadie
la escuchó. Además la mamá lloraba y sus gritos aturdían la casa entera.
Arriesgando su seguridad, nuestra amiguita voladora se acercó al oído del papá del pequeño y le dijo: -Sígame, yo sé donde está su
hijo.

El papá enfureció y preguntó: ¿Qué clase de broma es esta?
La abejita nuevamente le repitió: -Sígame, yo sé donde está su hijo. No se trata de ninguna broma.
La mamá también había escuchado aquello, así que, sin pensarlo dos veces, se levantó y se puso su abrigo rápidamente y le dijo a su
marido que hiciera caso a la abejita. Entonces decidieron seguirla.

La abejita Clarisa voló con todas sus fuerzas hasta el lugar donde había encontrado al pequeño.
–¡Hijo mío!, -gritó el padre en cuanto lo vio. ¿Qué te pasó? -mientras lo liberaba de la trampa.
– Estaba siguiendo una mariposa cuando de repente pummmm!!, caí en esta trampa y ya no me pude mover. Comencé a gritar pero
nadie me escuchó, hasta que apareció la abejita y me ofreció ayuda.
– Increíble! -exclamó el padre-. ¿Cómo puede ser que un animalito tan chiquito tenga un corazón tan grande?, ¿Qué podemos hacer
por tí abejita?

Clarisa se quedó pensando por un momento, y …:
– ¡Ya sé lo que pueden hacer por mí!!!: sacar todas las trampas que pusieron en el bosque y de esa manera permitirán que todos mis
amigos del bosque vivan en libertad. Porque aunque seamos animales pequeños o grandes todos tenemos derecho a ser libres.
El papá del niño se quedó en silencio por un momento, pero al fin dijo: -De acuerdo, acepto. Te prometo que mañana bien temprano
voy a sacar todas las trampas.

El niño comenzó a saltar y a reír de felicidad.
Después, tomando el camino angosto, la familia completa volvió a su hogar y Clarisa regresó al panal donde, su preocupada madre
la estaba esperando en la puerta.

A la mañana siguiente el bosque… despertó en libertad y todos vivieron felices para siempre!
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!

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