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La Terrible muerte de San Felipe de Jesús.

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En la provincia de Toledo, región de Castilla la Nueva, España, habitaba una familia de noble abolengo que llevaba el apellido de Las Casas ya que por su participación en la guerra contra los musulman

Cansado de llevar por años una vida disipada y licenciosa, buscó refugio en una orden eclesiástica. Convirtiéndose a partir de entonces en un hombre lleno de bondad, hasta terminar siendo misionero y mártir en tierras japonesas… Esta es la historia de:

En la provincia de Toledo, región de Castilla la Nueva, España, habitaba una familia de noble abolengo que llevaba el apellido de Las Casas ya que por su participación en la guerra contra los musulmanes fueron premiados con olivares y casas. De esta familia nació don Alonso de las Casas.

Siendo todavía muy joven, don Alonso fue a vivir a Sevilla y ahí conoció a una bella dama de nombre Antonia Ruíz Martínez, con quien se casaría en 1570. Una vez pasadas las fiestas de la boda, la pareja emigró a la Nueva España; en alta mar se encontraron con una terrible tormenta que destrozó el barco en el que viajaban y de una manera casi milagrosa pudieron llegar a tierras mexicanas en octubre de 1571.

LA VIDA EN LA COLONIA

Al año siguiente, el día 1o. de mayo de 1572, nació su hijo Felipe. Cuando tuvo la edad suficiente, Felipe decidió ir a estudiar a Puebla, al colegio de los padres franciscanos para hacer allí su noviciado y aunque se sujetó a las estrictas normas de ellos, a los pocos meses renunció a llevar los hábitos y regresó a México para aprender el oficio de platero, del cual su padre era un maestro. Para esta época el joven tenía casi 17 años y su padre, se había convertido en un rico comerciante, y quería que su hijo Felipe aprendiera a manejar los negocios y las finanzas de la familia.

Por un tiempo estuvo tratando de vencer la resistencia de su hijo Felipe de irse a Filipinas donde se encontraba su yerno, Gaspar Ruano, encargado de los negocios de la familia, para que conociera el mundo de los negocios y las importaciones, hasta que finalmente lo convenció. Cuando Felipe llegó a Manila se encontró con un mundo mágico que tenía entonces 300,000 habitantes entre los que se hablaban decenas de lenguas diferentes, se vendían sedas multicolores, marfiles y especias. Felipe compraba para su padre mercancías sin fin, después de todo llevaba mucho dinero. Siendo un apuesto joven de 20 años, agradable físicamente y de carácter alegre y comunicativo, no tuvo problema alguno para hacer amigos y amigas, con los que gastaba a manos llenas el dinero. Así llegó a ser un joven de vida disipada y prácticamente un vicioso. Más de dos años pasó Felipe en estas relaciones con mujerzuelas, soldados, marineros y mercaderes.

EL REFUGIO DEL SILENCIO

Soltero, de 22 años, rico, apuesto, inteligente, con buena salud y rodeado de amigos que lo seguían en sus fiestas, de pronto, sintiendo que nada le llenaba, cansado de las andanzas y las aventuras, decidió ingresar en el Convento de Santa María de los Angeles, en Manila y se refugió en el silencio. Desde entonces se empezó a hablar de la vida recta y piadosa que llevaba. Un par de años más tarde, Felipe pidió licencia en el convento para regresar a su patria y curiosamente, al igual que sucediera a sus padres, el viaje a México fue de terror, les pescó una tormenta y casi naufragan. Además, un grupo de tiburones los asaltó y casi perdieron la esperanza de llegar a tierra; y aunque la embarcación navegó a la deriva, ellos milagrosamente no sufrieron mayor daño. Tiempo después llegaron frente a las costas de Tosa, en las playas de Shikoku, Japón.

Allí envió el Daimio Chocosabe, señor feudal de esas tierras a que rescataran a los náufragos, pero sus servidores aparte de rescatarlos, les robaron las mercancías que quedaban todavía en la nave. Daimio les sugirió que le enviaran un presente al emperador de Japón, Hideyoshi Taiko Sama, pero éste ya estaba predispuesto en contra de los visitantes porque los consideraba enviados del rey de España para apoderarse de sus tierras y bienes.

EL CALVARIO SE INICIA

Atendiendo la sugerencia de Daimio, fray Felipe hizo el viaje a Osaka para reunirse con fray Pedro Bautista y visitar al Emperador en la vieja ciudad de Meaco, hoy llamada Kioto. Al pasar por una ciudad en el camino pidió permiso en uno de los tantos mesones para pernoctar, el mesonero se lo concedió y además le brindó un plato de comida, que fray Felipe rehusó aceptar por no tener dinero para pagar, pero el mesonero tomó esto como un insulto y lo golpeó.

Huyendo de aquel lugar, se refugiaron entonces en uno de los poquísimos conventos que había en aquellas tierras. Durante meses, la animosidad y los miedos del emperador Taiko fueron alimentadas por las mentiras del mesonero, quien difundió el rumor que los frailes eran espías del rey de España y que pretendían no sólo quitarles sus tierras, sino hasta su religión. Fue así, que en diciembre de 1596 se presentaron a las puertas del convento los guardias que habían recibido órdenes de encarcelar a los frailes, quienes fueron atados y llevados a prisión. A su paso por la ciudad los perseguían muchachos que les lanzaban guijarros a la cara, pedradas y los insultaban.

— Fray Felipe y sus compañeros fueron subidos a carretas tiradas por bueyes, atados de manos y cuello, se les paseó por las calles para humillarlos e incluso hubo campesinos que les metían yerbas en la boca para darles a entender que los consideraban bestias. Después, los prisioneros fueron llevados a la pagoda de Osaka, donde permanecieron hasta que les fue leída su sentencia de muerte. Pero la sentencia debía cumplirse en Nagaski, por lo que los trasladaron hasta allá, desde Osaka. En una jornada que duró 28 días, caminaron semidescalzos, con las manos atadas, vistiendo andrajos, soportando los crudos fríos y las crueles nevadas y apenas les daban de comer y de beber.

Al llegar a su destino, el vicegobernador temía que los católicos se levantaran en armas al ver tal martirio y ordenó que se apresurara la ejecución. Pero durante la noche dejaron a los prisioneros a la intemperie y atados. Todos iban pálidos, macilentos y débiles, pero aún así les negaron alimentos y agua. Todos y cada uno de ellos, dejaban ver el martirio en sus cuerpos escuálidos y consumidos, las ropas desgarradas, los rostros cadavéricos, las manos ensangrentadas, el cabello enmarañado, los pies deformes e hinchados, las uñas arrancadas por los tropezones y así subieron los 80 toscos escalones hasta la cúspide de la colina donde serían ejecutados.

El primero en ser sacrificado fue Felipe, que de una manera providencial quedó en el centro de aquel semicírculo de mártires. Una vez fijado en la cruz, los verdugos la izaron en lo alto y la dejaron caer de golpe en el agujero que especialmente para ellos habían cavado. Fray Felipe fue canonizado el 8 de junio de 1862, convirtiéndose así, en San Felipe d
e Jesús…. Y así fue, brevemente narrada, la trágica muerte de Felipe de Jesús de las Casas Ruíz, que a los 25 años de edad, se convirtió en el primer mártir mexicano.

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