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Los Hijos y la Antorcha

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¿Hay un período mágico cuando los hijos se hacen responsables por sus propias acciones? ¿“Es la vida de ellos” sin sentir nada? ¿Hay un momento mara- villoso, cuando los padres nos convertimos sólo…

 

Por: Sarah Higgins

¿Hay un período mágico cuando los hijos se hacen responsables por sus propias acciones? ¿“Es la vida de ellos” sin sentir nada? ¿Hay un momento mara- villoso, cuando los padres nos convertimos sólo en espectadores, en la vida de nuestros hijos, nos al- zamos de hombros y decimos: Ya no me preocupo por ellos”? Estas fueron algunas de las preguntas que le hice a mamá, mientras espe- rábamos en la sala de un hospital que mi hijo de 7 años fuera atendido de los golpes que sufrió al caerse de un árbol.

Mi mamá sonrió y apenas susurro: “cuando entregues la antorcha”.

No entendí aquello y quise preguntarle a que se refería, pero en eso llegó un médico, me informó de mi hijo, me distraje y me olvidé del detalle.

Cuando contaba con 30 años, me senté en una pe- queña silla en la clase y escuchaba como mi hija pequeña hablaba incesantemente interrumpiendo la clase y moviéndose continuamente… que los autos llegaran a casa… que la puerta de la casa se abrie- ra. Una amiga me dijo: ¡No te preocupes, en unos años vas a poder dejar de preocuparte. Ellos ya serán adultos”.

Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada.

Pocos años después, estaba en el pasillo, creo que del mismo hospital esperando a que los doctores pusieran unos puntos en la cabeza de mi hijo prea- dolescente que se había caído de una patineta… y como si me hubiera leído la mente, la enfermera, me dijo: ¡”No se preocupe, todos los hijos pasan por esta etapa, pero luego usted, usted podrá sentarse tranquila… relajarse y disfrutarlos”!

Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada. Cuando contaba con 45 años, me pasaba la vida esperando que el teléfono sonara… Todavía me es- taba preocupando por mis hijos, pero también ya se notaba una arruga nueva en mi frente, aunque no

podía hacer nada acerca de ello. Mi mamá apenas sonrió y no dijo nada. Ya en mis 50 años, estaba cansada y harta de ser

vulnerable… Mis amigos me decían que cuando mis hijos se casaran yo iba a poder dejar de preocu- parme y llevar mi propia vida. Yo quería creerles, pero me asaltaba el recuerdo de la cálida sonrisa de mi mamá y su ocasional: “Luces pálida hija, ¿estás bien? ¿Estás deprimida por algo?… Pero yo continué angustiándome con sus fracasos, apenándome por sus tristezas y absorbida en sus decepciones.

trega como una antorcha de unos a otros, para que arda en el camino de las fragilidades humanas y el miedo a lo desconocido? ¿Es la preocupación una maldición, o es una virtud que nos eleva a lo más alto de la vida humana? ¿Puede ser que los padres estemos sentenciados a una vida de preocupaciones?

Han pasado los años y un día uno de mis hijos, se irritó conmigo. Me dijo: ¿Dónde estabas? ¡Desde ayer que te estoy llamando y nadie me respondía.! ¡Estaba muy preocupado!

Y yo sólo me sonreí y no dije nada… La antorcha había sido entregada!!!

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